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Lucía y bebé Narella Abigail

Testimonio de una Mami Fénix de Buenos Aires

abril, 2020

Hola mi nombre es Lucía, mi pequeña hija se llama Narella Abigail. Su papá y yo somos de Buenos Aires, Argentina.  Nació el 22 de enero del 2020 a las 23:12 hs. Hemos perdido a nuestra  primer hija, nuestra ALMA DE DIAMANTE hace ya tres meses, así me gusta decirle ya que su primer nombre significa brillante, por eso lo elegí y en honor a una canción que se titula de la misma manera que me gusta llamarla, de un gran músico y compositor, aquí en mi país. 

Partió a los siete días de vida, luego de haber nacido con una malformación congénita en su corazón, Tetralogía de Fallot. Tuve un embarazo normal, deseado y feliz. El parto fue un día totalmente largo, empezando durante la mañana por la posibilidad de parto natural con inducción, hasta terminar por la noche en una cesárea de urgencia por taquicardia fetal que concluyó en un paro cardio respiratorio al nacer, por lo cual nunca escuché llorar a mi bebé. Lo digo, lo remarco con dolor porque me pesa cada día  no haber escuchado su llanto, esa bendito llanto con el que uno sueña y  tanto anhela que ocurra aquel esperado día, el día de la cita materna del amor donde finalmente “terminamos  de convertirnos oficialmente en madres”. 

Dado el cuadro de nacimiento, las intervenciones para reanimarla y mi cesárea, pude conocer a mi hija al día siguiente pasado el mediodía a través de su cunita en la neo.  Recién  a los dos días, luego de que la trasladaran a un hospital de complejidad pediátrica, pude tenerla en mis brazos, sentir su piel de duraznito, llenarla de besos y admirar su eterna belleza durante siete días, siete días tan largos y tan cortos a la vez. Tras esos dos días de internación en la UCI neonatal, nos informan a mi compañero y a mi (post un alta de urgencia por la situación delicada) que no había chances de intervención quirúrgica para  nuestra preciosa . Los médicos nos explicaron que no era posible porque su anatomía no lo permitía, de las tres formas existentes ninguna era compatible con la malformación tal que presentaba su corazón. Así que desde el segundo día de vida, solo fue esperar su deceso y acompañarla en ese camino tan doloroso para cualquier madre y padre, el camino de la muerte de un hijo. Maternamos muerte cuando ansiabamos maternar la vida. Le dimos todo el amor que pudimos y allí estuvimos, haciéndola sentir amada y acompañada hasta su último respiro en nuestros brazos. Porque así literalmente fue como partió. Nos permitieron tenerla en nuestros brazos, hasta su último frágil y suave latido. Le cantamos, la besamos, acariciamos y contemplamos hasta su último segundo de vida.

Sin dudas, todo el camino transitado durante las 38 semanas y dos días de embarazo, y sus días de estadía terrenal nos enseñaron sobre el amor, la incondicionalidad y la aceptación. Nos enseñó que éstas mapaternidades que se  visten de luto también EXISTEN, que esto también ocurre, y ocurre más a menudo de lo que uno imagina. Haber tenido a nuestra hija internada en una UCI (y lo que ello conlleva, una imagen mental nada parecida a lo que uno anhela e imagina  para su llegada) fue y será la experiencia más devastadoras de nuestras vidas, pero nos ha dado una lección infinita de amor. Dar y recibir amor lo es todo. Vivió esos 7 maravillosos días por y gracias a la fuerza más poderosa que pueda existir en el mundo, el amor.

Les damos gracias eternas por habernos escogido como padres y por enseñarnos una vez más a ser resilientes y a seguir luchando, como ella luchó con su pequeño cuerpito cada día. A valorar el quintuple lo esencial de la vida y a trabajar el desapego. Su ser brillará siempre en nuestros corazones y vivirá en cada uno de nosotros,a su modo y se nos revelará de distintas maneras. Muchas veces desde el parecido ligado a lo físico, como cada vez que me miro al espejo y veo ese brillo en mis ojos y en los de mi padre, o en cada despertar cuando veo a mi pareja durmiendo y recuerdo que sus párpados y sus ojitos rasgados son iguales. Así como también en cada mariposa y colibrí que visitan nuestro jardín. Narella nos enseñó que la vida muere pero que el amor, el amor va, sigue, perdura, se transmuta y se hace infinito.

Gracias por compartir con la comunidad de Madres Fénix, es enriquecedor aprender unas de otras, saber que somos muchas las elegidas alrededor del mundo para vivir una maternidad especial que trae consigo grandes regalos y aprendizajes. Permítete descubrir esta visión de amor.

Tu instructora:

Patricia Mora
Life Coach Espiritual, Tanatóloga y Escritora

Es un hecho que los padres que tenemos uno o más bebés en el cielo necesitamos apoyo y orientación de calidad. Tenemos derecho a un espacio donde aprender y sentirnos contenidos y apoyados ante un duelo poco reconocido y sumamente doloroso. Después de ver a mis tres bebés trascender es mi misión transmitir mi experiencia, conocimientos y aprendizajes a cada ser humano que desea tomar una dirección de crecimiento, llena de significado y propósito.

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